«La búsqueda de la felicidad se ha convertido en una obsesión y hemos organizado la vida alrededor del tratado: mejorar para ser feliz.

Creo necesario que la psicología, en lugar de explotar esta idea con caminos individuales que faciliten llegar a esta premisa que representa solo un trozito de lo que significa vivir, a mi modo de ver debiera pensar que hay algo que hacer ante los cambios tan rápidos abruptos que no son compatibles con una vida saludable y sana. ¡No nos da tiempo a asimilar! Todos los profesionales de la salud mental estamos llamados a construir nuevas maneras para vivir en convivencia, desarrollando la empatía y el cerebro social más que nunca, sin la idea hedonista de ser felices a toda costa, sino pensando en un bien común. Y este es mi compromiso, investigo y creo nuevas terapias que sean efectivas y las llevo a consulta.

Soy madre, trabajadora y me preocupan quienes vienen detrás de nosotros como equilibristas que caminan por la cuerda floja de las pantallas, en el abismo de la individualidad y de las distancias sociales. Necesitan relacionarse offline y convivir con valores definidos, compartiendo y mirando hacia una dirección concreta: el Planeta Tierra y el ser con otros. Hemos enviudado de nosotras mismas en pro del consumo, del individualismo, de la libertad sexual, del mínimo compromiso, de la imagen externa, y como seres humanos, nos sentimos perdidos e inseguros. Hemos de hablar de lo que no se dice y ponernos en marcha porque es muy fácil estudiar, hacer cursos y replicarlos en consulta. Eso no vale y además daña a los pacientes sin que lo sepan. La psicoterapia ha de ser entregada, experiencial, intuitiva, sociomotriz y sensorial.

Nuestros destinos están compartidos y quienes nos dedicamos a este ámbito, sabemos el regalo que supone acompañar con ternura, cariño y mucha humanidad».

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