Nos encontramos ante una crisis al ralentí, económica, sanitaria y ecológica, que de ha paralizado a la población mundial. El covid-19 es una de las consecuencias de la deforestación y el mercado de animales, que las personas llevamos haciendo durante siglos.

Ya en 1987, la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo hablaba del futuro común (Informe Brundtland) que debíamos replantear ya entonces. ¿Cómo es posible que no hayamos hecho nada hasta ahora?

Informe Brundtland

Tipos de zoonosis como la gripe aviar, el ébola, el covid-19 o la fiebre amarilla, entre otros, nos hablan de la importancia de crear nuevos sistemas de protección y seguridad ciudadana, no solo alimentaria, sino sanitarias y resilientes.

Los sistemas sanitarios son fundamentales para la seguridad de los países y en esta emergencia, la respuesta no ha de basarse en la aplicación de viejas recetas, que ni en la crisis de 2008 funcionaron.

La reflexión como psicóloga que hago de este momento es la de ponernos en acción participativamente, integrando expertos de distintas disciplinas en la creación de una nueva economía sostenible con el Planeta Tierra, y aprendiendo lo interdependientes que somos del entorno y de quienes nos rodean.

No nos situamos en un estado de alarma, sino de solidaridad. No hay que tener miedo, y sí movilizar para construir mecanismos globales que busquen la salud planetaria antes que el beneficio individual. Aunque ya hay iniciativas en esta dirección, como los informes no financieros, aún hay mucho que avanzar en esta dirección.

La ansiedad que ha generado esta pandemia, la fragilidad física y económica en la que nos encontramos y el miedo a la incertidumbre ante el escenario impuesto, nos ha sacado de una patada del estado de bienestar que vivíamos, para abrazar la vulnerabilidad humana. Las sociedades se dirigen hacia dos caminos: el totalitarismo digital y hacia comunidades participativas y/o fragmentadas del sistema.

La solución está en pensar colectivamente, sentir más empatía por quienes nos rodean, apoyar a los más jóvenes en conocimientos vitales y resilientes para evitar que sufran problemas psicológicos a futuro, así como prepararlos para un entorno laboral que poco tendrá que ver con el actual.

Nos corresponde como individuos, pensar cómo posicionarnos y qué hacer para el bien común. El mundo, me temo que ya no será el mismo después del 2020. Hemos de aceptar la realidad y concienciarnos todos de la cantidad de personas que perderán sus trabajos, de la desaparición de los contratos indefinidos, del empobrecimiento neural de la cognición social que provocará una mayor dificultad de adaptación a los cambios externos, etc…

Es un llamamiento colectivo, porque no tengo ni idea de si el covid-19 es una guerra, o una consecuencia directa del cambio climático, o del modelo económico obsoleto que desaparecerá en 40 o 50 años, o del comportamiento humano con los ecosistemas naturales y el entorno animal. Como profesional sanitaria, pido una revisión sobre el rol que desempeñamos para la seguridad pública y la necesidad de prepararnos con recursos resilientes, cooperativos y activos a las personas y empresas.

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