La búsqueda de la felicidad se ha convertido en una obsesión y hemos organizado la vida alrededor del tratado “mejorar para ser felices” en lugar de mejorar la convivencia con otros.

Es necesario que la psicología, en lugar de explotar la idea de cómo ser feliz que representa solo una porción de lo que significa vivir, reflexione y entienda que hay algo que hacer ante los cambios tan rápidos y abruptos socioeconómicos que no son compatibles con una vida saludable, y es que ¡no da tiempo a asimilar tantas cosas a la vez!

Todos los profesionales de la salud mental estamos llamados a construir nuevos caminos para que las personas vivan en convivencia, desarrollando la empatía y el cerebro social más que nunca, sin la idea hedonista de tener que ser felices a toda costa sino elaborando una ruta común.

Hemos enviudado de nosotros mismos en pro del consumo, del individualismo, de la libertad sexual, de la imagen externa y como seres humanos, nos sentimos perdidos e inseguros. ¿Nos encontramos ante una involución del cerebro humano o ante una coevolución? Sin duda, perder capacidades de movimiento físico, flexibilidad cognitiva y habilidades sociales, reduce mucho la tolerancia a los cambios externos, la neuroplasticidad cerebral y las relaciones cara a cara lo que empobrece nuestra cognición social y por tanto, nuestra capacidad adaptativa como especie y sociedad.

El asunto es serio. Según Ricardo Mondragón-Ceballos, “el conocimiento acumulado en los últimos doce años sobre la etología, socioecología, neuroanatomía y neurofisiología del orden de los primates permite afirmar que el cerebro humano ha sido diseñado principalmente para una vida social compleja”. Si lo más desarrollado en la filogenética humana es el cerebro social y la modulación emocional para desenvolvernos mejor en sociedad y con otros; si la influencia vagal sobre el corazón ha desarrollado nuevas vías de adaptación al entorno con la interocepción cardíaca (Gelpi, J., Buchholz B., 2018) y nuestros repertorios sociomotrices están basados en las relaciones interpersonales, podrás intuir como lector que la cultura del miedo, la conexión virtual y el sedentarismo, fomentan el aislamiento con un claro deterioro cognitivo, del sentido de pertenencia y de la regulación socioemocional. Esto explica el claro aumento de las reacciones egocéntricas, polarizadas o violentas, de la distracción atencional, del menor control de impulsos y de las conductas adictivas al móvil, de la indiferencia o la radicalidad de las opiniones, la renuncia a encontrar fuentes verídicas que lleven a la autorreflexión, la insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, la dificultad para aceptar la pluralidad de creencias, opiniones, formas de vida, gustos o emociones, la falta del sentido del humor hacia uno mismo y del componente compasivo en las relaciones.

Todas estas consecuencias nos hablan de la inhabilidad del hombre y del aumento masivo de trastornos psicológicos y psiquiátricos en edades cada vez más jóvenes. Este nuevo Homo Clausus busca cada vez más un illo tempore ficticio que lo aleje de una realidad que necesita un cambio urgente, sobre todo, económica, social y medioambiental. Es a través de las pantallas y el consumo de un ocio satisfactorio como el hombre se relaciona consigo mismo y con los demás, y como exponen los estudios recientes en 2020 de J. Holt-Lunstad, el apoyo y los lazos sociales insuficientes, tanto en términos de calidad como de calidad, se relacionan con mayores tasas de mortalidad.

Las personas que nos rodean nos ayudan a entender cómo entre la felicidad y la infelicidad, está la imaginación que depende de las circunstancias y la aspiración, sobre todo, de vivir muy erguidos, juntos y libres. Y es cierto que todos necesitamos una recompensa social positiva, pero ésta no ha de ser un clic o una subida de salario, sino el vínculo afectivo y la conexión táctil que como muchas investigaciones han demostrado, liberan el malestar.

Cuando la imagen externa se sustenta en la deseabilidad social y nos acostumbran a evadirnos del dolor con violencia o placer como se puede constatar con ciertos videojuegos, dibujos animados, etc.. todo ello genera, como diría Freud, un malestar en la cultura porque inconscientemente, el miedo activa mecanismos de defensa individuales, paralización motora, inhibición social con una bajada del sistema inmunológico; y el placer aporta dosis de dopamina, opiáceos, endorfinas y adrenalina, muy adictivas. Ninguno de ambos extremos es saludable.

¿Cuánto de importante es para la morfología del cerebro y para la salud física y psicológica los lazos sociales, el contacto directo, la cercanía social, el compartir acciones comunes y la pertenencia grupal? Mucho más de lo que las personas creen.

Los cambios que la tecnología, la mutabilidad de los cánones sociales y la inteligencia artificial van a producir sobre los derechos humanos y nuestra concepción de la vida, supondrán un antes y un después con una brecha generacional inimaginable. Tal vez desde esta perspectiva consigamos poner en marcha la verdadera potencialidad del ser humano: la inteligencia colectiva y la empatía donde lo inadecuado y el malestar puedan tolerarse como parte esencial de la vida, para así juntos caminar más allá de un yo y cuerpo aislados.

Fragmento del libro “El cuerpo Interpersonal: Psicoterapia Sociomotriz, Bodykami y educación”. María Saavedra, 2020

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