Cuando sigues adelante como si nada hubiera pasado. Cuando callas como Juan Palomo y te recoges cuando estás regular. Cuando nadie vio ni sabe lo que pasó…todo esto habla de lo que te daña y sigue condicionando algún área de tu vida. Es importante legitimar poniendo voz a lo que pasó, con cariño y a través de un proceso potente, interpersonal y breve en el tiempo.

Lonely man sitting against black wall, panorama

Hay padres que no consuelan, docentes que no ven y profesionales que no miran. Y todos, absolutamente todos los seres humanos nos encontramos a veces sensibles y ahí aprendimos para manejar las circunstancias a desconectarnos, obsesionarnos, a atacar, somatizar, a perdernos en el otro, a culpar, a seguir sin parar, a retirarse… mirarnos desde lo que somos sin que exista el telón del pasado, es un hábito que suele adquirirse pasados los cuarenta y tantos, o después de un adecuado proceso terapéutico.

Apreciar lo que subyace tras el problema o conflicto de las personas, es una tarea que requiere contemplación amorosa, mucha práctica, trabajo personal y de investigación. Mirar el alma humana de frente y verlo con belleza, conlleva asimilar lo que cada historia silenció o negó y por tanto, no se compartió.

Impacto emocional + silencio (no sintonía neural) = trauma

Las personas necesitan integrar las experiencias cotidianas, y cuando una se nos atraganta, nos ata o ahoga, pasa al inconsciente como un congelado que metemos en la nevera, ya que el daño emocional y algunos elementos quedan memorizados en la fisiología corporal. Será el esfuerzo extra que hace el cerebro para equilibrar la homeostasis interna cuando aparecen dichos elementos o emociones en el entorno o al relacionarnos con otros. Ese sobre esfuerzo será el estilo o personalidad con que iremos manejándonos a medida que crecemos, repitiendo sin darnos cuenta el tipo de relación que nos marcó en la convivencia familiar… y andamos parte de nuestra vida intentando solucionar lo que nuestros padres no consiguieron.

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