La sociedad al disponer de más información, se está volviendo mentalmente más inteligente, y sin embargo, los conflictos emocionales y relacionales crecen ¿Por qué? ¿Nos encontramos ante una sociedad más inteligente o más sabia?.

La inteligencia, a grandes rasgos es la capacidad innata para analizar, comprender, adquirir y resolver problemas a través de lo que aprendemos durante la vida. Ser sabio es distinto. La sabiduría, según el psicólogo alemán Paul Baltes, ya en los 90, la definió como una combinación de tres elementos: el conocimiento de hechos y datos sabiendo cómo proceder para resolver problemas, tener un alto nivel de conciencia emocional sobre aspectos de la realidad incluyendo a quienes nos rodean y teniéndolos en cuenta a la hora de tomar decisiones, y el tercer elemento, asumir que la vida es impredecible con el grado de incertidumbre experiencial que ésta conlleva.

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Blaise Pascal escribió que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Vivimos en un mundo de incertidumbre y con el COVID, las crisis económicas y de valores, inciden directamente en las relaciones interpersonales, generan conflictos internos, miedos y dificultades para afrontar problemas vitales.
Cuando aceptas el fluir de la vida, cuando mantienes la calma interior a pesar de las dificultades, cuando te sientes seguro/a porque confías en ti, cuando aprecias las personas que tienes a tu alrededor como fuente de inspiración; cuando la sabiduría interior te abre a experimentar fenómenos internos naturales como la intuición, la autenticidad, la compasión, la solidaridad, anteponiendo lo común al beneficio personal… es un impulso hacia un camino profundo, muy lejos del ego, que no deja de ser más que una posibilidad más en la vida. Eugene T. Gendlin, Carls Rogers y otros pensadores ya promovieron la filosofía y la psicología experiencial.


Ahora las personas ya no desean adquirir datos, sino experiencias que se suman. Adictos a experimentar de todo, a especializarnos cada vez más, se abren caminos por los cuales perdemos el sentido vital. Quienes asesoran a otros, tienen dificultad para resolver sus propios problemas. ¿Cuánto de auténtico y saludable es todo esto?

Es como la historia del rey Salomón, el cual fue un hombre muy sabio. Cuenta la historia que la gente viajaba grandes distancias para buscar su consejo. Sin embargo, como humano que era, tenía una vida personal compleja. Su descontrol económico, su pasión por las mujeres, el no responsabilizarse de instruir a su hijo; llevó el reino a la banca rota. Muy sabio para otros; pero no para sí mismo.
De modo que experimentar sin conocer un propósito mayor que el personal, adquirir conocimiento para agrandar el ego o la imagen personal sin sentir un compromiso real por la humanidad, tal vez sea otra etapa más de la necesidad o sed que tiene el ser humano por alejarse del sufrimiento, del aburrimiento, de la paciencia y del esfuerzo.


La inteligencia es un conjunto de habilidades que nos ayudan a adaptarnos mejor al entorno, pero no lo es todo en la vida. Saber sin escucharte desde dentro, es un riesgo que puede alejarte del sentido real que tiene estar vivos. Experimentar para lograr tus propios objetivos te lleva a un proceso inacabado, ya que la clave está en el otro, en los otros. Y este es el gran misterio de la vida que nunca acaba.

Maria Saavedra

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